Dos extraños

Un día de esos que no significan nada en la vida, un día más de trabajo, estudio, estrés, transporte público un día como cualquier otro dos extraños, cada uno por un lado, uno por el norte y la otra por el sur entraron a la sucia y atestada estación de bus a la que todos los días laborales durante solo dios sabe cuantos años ambos usaban para tomar el transporte hacia sus respectivas casas.

Ninguno se destacaba por nada en especial, el uno de corbata azul, traje negro y camisa blanca, probablemente trabajador de algún banco, dependiente de abogados o algún otro oficio gris y de oficina; cabello corto casi militar negro azabache, peinado hacia atrás, ojos color miel, lo suficientemente claros para tener que entrar y salir de la estación entrecerrandolos -fotofobia-, barba incipiente pero perfectamente rasurada, piel blanca, nariz delgada y labios rosa, audífonos de marca cuyo cable llegaba hasta la solapa del saco, maleta oscura de marca reconocida ; manos perfectas de manicura por la que seguramente había pagado, a excepción de los pulgares los cuales tenían las uñas extrañamente cortas – ansiedad- y en una mano una servilleta que doblaba una y otra vez en triángulos -obsesivo compulsivo-, tamaño promedio, no bajaba de los 177 centímetros ni superaba los 72 kilos. De pie, intercalaba su mirada entre la pantalla que mostraba el tiempo que faltaba para su bus y el pequeño pedazo de papel en su mano con el que jugaba.

Y en diagonal a él totalmente en otro mundo diferente estaba ella, cantando en voz baja, una chica que, a diferencia de él, no podía pasar inadvertida, pelirroja natural por el color zanahoria de sus cabellos, cejas oscuras que enmarcaban sus ojos verdes oscuros que, enmarcados por lentes grandes de marco blanco dejaban ver su mirada ansiosa que vacilaba entre el reloj en su muñeca, su teléfono barato con cristal roto -despistada- y la pantalla de los buses de la estación, su nariz respingada y adornada con cientos de pecas que, tal vez se habría desafiado a sí misma a contar fracasando en el intento, con su cara lavada, labios y sonrisa perfecta que mostraba de vez en cuando al escuchar lo que fuera que estuviera escuchando a través de sus audífonos económicos y evidentemente reparados con cinta aislante. Con un poncho de colores café y anaranjado que le cubría todo el torso solo dejando al descubierto sus ante brazos huesudos en los que en el izquierdo tenia 6 manillas, todas decoloradas por el uso y en el derecho un reloj de plástico rojo casi como de niña, uñas cortas, sin pintar y lineas sin sentido en la mano derecha – zurda-, short de jean que dejaba ver largas piernas blancas, al menos lo que dejaban ver las oscuras y largas medias que llevaba, junto a ella, en el suelo una maleta desteñida de la que se asomaba un libro muy raro de poemas de Pizarnik -estudiante de literatura- a la que le colgaba un gancho con un carnet de una prestigiosa universidad privada del país.

De repente el bus llegó y el mar de gente ansiosa por llegar a sus casas colmó cada espacio del automor ella, recostaba contra una de las columnas de la izquierda y él, justo en diagonal, de espaldas al sentido de las vías prácticamente colgado de los tubos. Y, en algún momento entre la segunda y la tercera parada, sus mundos se estrellaron, ya no eran dos planetas orbitando un mismo sol; sus miradas se cruzaron, ninguno seria capaz de decir quién sonrió primero o si fue una reacción de nerviosismo, pero luego de un incomodo juego de miradas y de evasiones lo hicieron, se desnudaron mutuamente solo para volver a mirar a ningún lado, mejor dicho, cualquier lado que no fuera los ojos del otro.

Sexta parada, pareciera como si la gente no se diera cuenta que no hay más espacio, aún así en cada estación el bus recibe más personas. Con la multitud ya no se ven, él piensa que ella se bajó y baja la mirada, ella está segura que lo vio hace un segundo y hace maromas para comprobarlo. Séptima parada, se bajan unas cuantas personas; ella se percata de que él sigue ahí, él por casualidad levanta la mirada y se da cuenta de que le está viendo. Sonríen de nuevo.

Octava parada, él hace un recuento de lo que tiene en los bolsillos, quizás, si le pregunta puedan ir a tomar un café, ella piensa que él es atractivo; el bus se detiene entra más gente, de nuevo no pueden verse, el bus arranca de nuevo, él está decidido, en la siguiente estación se le acerca.

Novena parada ella no logra verlo más así que se baja, este es su destino. Él cómo puede se acerca a donde hasta hace unos minutos estaba ella, ya no está, gira la cabeza hacia la calle mientras el bus acelera. Ahí esta ella, alejándose mientras abraza y besa a un joven moreno de jeans rotos y camiseta negra. Ahí está él con los diez mil pesos en la mano para el café.

Ella voltea a mirar mientras toma de la mano a su amante, el bus está suficientemente lejos como para verlo a él. Esa noche llega a casa, se desviste para su amante como ya lo ha hecho en otras ocasiones, pero no, esta vez es diferente, no quiere que la toque, no quiere ser parte de aquello, no quiere una parte, lo quiere todo. Empieza a besar como si nunca hubiera besado a su pareja, rimero los labios, luego la barbilla, luego el cuello, lo desviste con brusquedad, lo coloca boca abajo y sopla recorriendo toda su columna vertebral hasta llegar al cuello, ahí besa de nuevo, todo como si se tratara de él, el del bus; ella tiene el control, y cuando esta satisfecha se levanta entre sabanas con su cuerpo aún como de adolescente para tomar un baño y pensar en la infidelidad que en su cabeza acaba de cometer.

Dos estaciones más adelante él en su casa mira las tablas del techo pensando en cómo sonaría su voz, en si le gusta jazz o el blues, o que ni siquiera importaría, que él escucharía lo que fuera por ella, pensó de repente en tenerla ahí, recostada junto a el, contándose historias al azar para conocerse mientras él le besaba las manos y la peinaba con sus manos, en que ya sabe en donde se baja, en que podría ir caminando, y de repente recuerda que tiene novio… Él se levanta, se reprocha así mismo por perder tanto tiempo en tonterías y termina de empacar las maletas con las que tiene que salir en unas horas al vuelo que planeó hace meses para dejar el aquí, el ahora y todo lo que creía vacío y sin importancia.

Un día de esos que no significan nada en la vida, un día más de trabajo, estudio, estrés, transporte público un día como cualquier otro dos extraños se vieron, se enamoraron, se traicionaron y bajaron del bus cada uno por un lado, uno por el norte y la otra por el sur.

Canción recomendada para leer este post:

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